12.10.2006


Al fondo, la Herradura a medio cerrar, después de 1957, con la venta en diez millones de pesos de entonces del carasucia Enrique Omar Sívori, El Cabezón, a la Juventus de Italia. Antes no había nada y se veía el descampado. La única separación con el campo de juego era un alamabrado común y silvestre.
Olímpico, por supuesto.


Amílcar Romero


LA PUERTA 11



Fue en 1944 pero pudo haber sido hoy, mañana y siempre



PUERTAS CERRADAS Y BRETES PUESTOS


La Nación, lunes 3 de julio 1944, pág. 12. Cuesta creerlo. Ya es 1968 en el país atemporal.

DE LEJOS ES el hecho criminal más invisibilizado de la violencia futbolera argentina y por eso no ha dejado de echar olor. Ahora, por primera vez, más de sesenta años de lo ocurrido, se lo va a intentar reconstruir con los despojos documentales y testimoniales que han quedado en un país que hace todo lo posible para olvidar y borrar su pasado, amén de la censura y el libreto casi único que le hicieron reproducir a la prensa de entonces.

El domingo 2 de julio de 1944, en la entonces monumental Herradura de la avenida Figueroa Alcorta al fondo, se enfrentaron el local, River Plate, y San Lorenzo de Almagro. Arbitró un pope de neto corte y materia prima nacional como Bartolomé Macías en casi todos lados, para otros en el país de las por lo menos dos versiones, José Bartolomeo Macías a la hora de pelar la papeleta (vulgata: libreta de enrolamiento), alguien que como le recordarán a la hora de la despedida final, en 1966, era ritualmente recibido por la más unánime silbatina de los cuatro costados como expresión de repudio a su famosa inflexibilidad, lo que a la postre terminó transformándose hasta cierto punto en una forma un tanto sui géneris de homenaje [NOTA: Semanario Primera Plana, 19 de abril de 1966, pág. 80, la sección TRANSICIONES, subtítulo MUERTES. José Bartolomé Macías falleció a los 65 años, de un síncope, durante una cena en el club Huracán con ex colegas argentinos y uruguayos, el 10 de abril], y el resultado final fue 2-1 favorable a los de La Banda que ya contaban con La Máquina en todo su esplendor.

Los únicos datos que se pueden considerar ciertos, indubitables, son que estuvo nublado, frío, húmedo, una típica jornada porteña de los inviernos de entonces, y que el estadio rebalsaba a tal punto que La Nación de los Mitre y La Razón de los Peralta Ramos coincidieron en que la concurrencia puede estimarse en unas 70 mil personas, algo tropicalista no sólo contrastando con la temperatura ambiente reinante sino el mote con que se conocía al mayor estadio del país desde hacía casi dos lustros era porque le faltaba una cabecera completa que le daba la espaldas al Mar Dulce por donde los días de buen clima era posible apreciar el perfil brumoso de la isla Martín García, el paso de los veleros, los barquitos delteros, los de cabotaje de para nada despreciable tamaño y hasta algún carguero trasatlántico rebosante de granos estibados en Rosario y con el destino cierto que siempre tuvo todo eso. Pero asimismo donde jornadas como aquellas se colaba un chiflete gélido desde las para nada poéticas aguas color de león azulaba las caras, enrojecía narices, hacía llorisquear sin estar para nada de duelo y obligaba a estarse soplando constantemente el hueco los puños por los dedos ateridos.

También que el saldo final de lo que ya se había decretado que tenía que ser accidente y culpabilidad de la inconducta de la chusma concurrente fue finalmente de nueve (9) muertos y una cantidad de heridos de toda consideración, algunos que salvaron casi milagrosamente la vida, y cuyo piso, estimativamente, a ojo de buen cubero, como siempre, debe haber andado por el centenar.

HASTA INVENTARON UNA PSICOSIS DE PRISA

El invento sociológico al paso de la Crítica de Natalio Botana.

ESTA VERDADERA PUERTA 11, que incluso físicamente nunca tuvo a bien ser perfectamente individualizada y por más de un indicio podría llegar a ser la misma que casi un cuarto de siglo después va a ser la mentada Puerta 12, ya que su ubicación jamás fue precisada con exactitud, oficialmente se debió a un afiatado coro que repitió que fue un simple, fatal accidente, no sólo sin responsables de ningún tipo cuando se estaban empezando a morir los últimos y todavía se seguían pisoteando los que trataban de zafar de la trama, sino que aparte fueron los culpables por la falta de educación y urbanidad de la plebe en general, en ese momento, como dejaron sentado los diarios con un mismo libreto o un solo cronista en algún despacho oficial de los golpistas que ocupaban el gobierno, ciudadanos aquejados por una “extraña psicosis de prisa” (sic), como sociologizó la Crítica de Natalio Botana ya a las 48 horas, a media página impar, como la causa verdadera, fenómeno que no había pasado desapercibido y que ya venía devanando los sesos de la Policía Federal porque incluso se había hecho presente un tiempito antes en Montevideo y Río de Janeiro, una inasible pandemia del modernismo y de las sociedades de avanzada que transformaba a sus habitantes en bestias irracionales, ciegas, capaces de machucar ancianos, mujeres y niños, incluso pasarles por arriba, y todo por lograr un sitio en el tranvía o el colectivo, una total insensibilidad hacia el prójimo con tal de alcanzar lo más rápido posible un medio de transporte colectivo de pasajeros que eran a todas luces escasos –decían, protestaban, para variar se quejaban constantemente- para abastecer al flujo ciudadano y poder volver lo antes posible a casa a disfrutar sin límites del merecido confort de las pantuflas tibiecitas como un nidito, el radioteatro cada vez más atrapante y los mates dulces con azúcar quemada, cascaritas de naranja y espuma.

Creer o reventar.

En el gobierno estaba el representante de turno de la logia filonazi del GOU (Grupo de Oficiales Unidos), general Edelmiro Julián Farell, oriundo de Lanús, ostentando el cargo de presidente de la república y el ojo atento a los últimos cables urgentes provenientes de la desolada Europa, a ver para qué lado caía la taba y declararle sobre el pucho la guerra al Eje, no enquistarse tanto con las potencias triunfadoras y no creyeran en la sincera neutralidad argentina que ni camisas pardas ni camisas negras, descamisados, como ya iban a ver, cuatro días después iba a jurar como vicepresidente el coronel Juan Domingo Perón ya en franco tren ascendente para signar la historia moderna del país, en la intendencia de la ciudad se encontraba el teniente coronel César R. Caccia, la AFA contaba como presidente al doctor Agustín Nicolás Matienzo, el Tribunal de Penas era a su vez presidido por el general Eduardo J. Avalos y al frente de la Policía Federal se hallaba el general Juan Filomeno Velazco, correntino y del GOU, pero particularmente de los incondicionales de Perón desde la primera hora, el mismo que el 17 de octubre del año siguiente va a bajar los puentes sobre el Riachuelo para que pueda acceder a la famosa plaza el más nutrido y populoso contingente de trabajadores de la zona sur, provenientes de las mayores concentraciones fabriles de entonces ubicadas en Gerli, Lanús, Avellaneda, Quilmes y Berazategui, como también el que tenía ese mismo cargo en 1946, en pleno flamante gobierno constitucional del ascendente líder sonriente en compañía del desertor radical Jazmín Hortensio Quijano, cuando en el Departamento Central de Policía, ya con plena vigencia la Tercera Posición de ni yanquis ni marxistas, ¡pe-ro-nis-tas!, se empezó por uno de los bandos, y al cantautor Roberto Héctor Chavero, ya conocido no sólo en el país por el seudónimo artístico de Atahualpa Yupanqui, durante varias sesiones de tortura le provocaron serios daños en la mano derecha, en articulaciones y falanges, algunos de ellos irreparables e irreversibles, al ponérsele debajo de una máquina de escribir y un uniformado saltarle arriba como un chimpancé jodón y/o enfurecido.

ENTRE EL ACCIDENTE DE SIEMPRE Y LA EXTRAÑA PSICOSIS


Vicente Pintado, 14, repartidor de almacén. Era la primera vez que iba a una cancha y dicen que tropezó. A él le echaron la culpa de todo. No hay perdón para tanto encubrimiento.

NO ES NI DESCABELLADO ni tampoco barato establecer prima facie que en el mundo hay dos tipos de accidentes: los que ocurren en los demás países, comunes, normales, tipo sucesos imprevistos, tal como lo pontifica la Real Academia, y los de la Argentina, que son otra cosa, cualquier otra cosa, menos lo que el resto de la humanidad entiende por accidentes. Sobre todo más chanchos y con la crispación y conmiseración con uno mismo que trae la impotencia ante la impunidad con que obscenamente siempre se ha exhibido y alardeado el Poder. El juez de turno que tomó intervención fue el doctor Ignacio L. Albarracín, secretaría Benítez Cruz, junto con la comisaría 33ª, a cuyo frente se encontraba el comisario Luis Pablo Cortés Conde con la asistencia del oficial principal Eduardo T. Legarreta, quien tuvo a su cargo la redacción del sumario. La primera medida de Su Señoría, justamente, fue anunciar que al famoso y preciado documento lo retendría “el tiempo que sea necesario para obtener el mayor número de declaraciones y referencias sobre el luctuoso accidente”, una tautología desde donde se lo mire y para decir lo menos, si ya había sido decretado accidente prácticamente antes de suceder y para qué perder el tiempo en acumular testimonios, indicios y pruebas para probar lo que está probado de antemano, un medida que encima corre el riesgo de ser arrasada por algo tan extrajudicial como que la repetición del estímulo causa la cesación de éste. El mensaje parece mucho más sencillo, sin tantas vueltas: ya entonces, el sumario era como el fútbol y la Copa, que se miran y no se tocan.

En el libreto impartido, ni siquiera copiado a carbónico, menos a mimeógrafo de cola de pescado, como se usaba en la época, sino que los cronistas destacados copiaron en sus libretitas como obedientes escolares ante el dictado, la encaprichada y envidiosa fatalidad que se ensañó desde siempre con un país condenado al éxito (NOTA: La aseveración que dio la vuelta al mundo en marzo del 2002, dicha por el entonces circunstancial presidente de la República, doctor Eduardo Duhalde, y que fue recogida hasta por el Diario del Pueblo, el Remín Ribao, de Pequín, atribuyéndosela a “un famoso filósofo brasileño” que no se tomó el trabajo de identificar), pasó al olvido con el talón de Aquiles de no haber ni siquiera intentado explicar por qué esa pandemia de extraña psicosis de prisa que estaba en la atmósfera de esta parte del Cono Sur estalló solamente en ese sector, un tramo de escalinatas y descansos donde a lo sumo había medio millar de personas, como calculó Crítica saliéndose un momento de los dictados, en su edición del martes 4 de julio. Lo que sí publicaron todos al unísono, como buenos alumnos, fue que el disparador de todo había sido el tropezón que en este caso fue caída, no como en el tango, del adolescente Vicente Pintado y que el mayor que lo había llevado y acompañado, al agacharse para ayudarlo a levantar, un tal Vicente Scabuzzo, vecino del pasaje entre la Gaona y la estación Villa Luro donde vivían, hicieron de inocente e involuntario tapón. Más atrás, de pronto, al grito de “¡Aura!” que nadie escuchó pero que tuvo que haber por lo menos inconcientemente existido porque pareció que todos estuvieron aflatadamente de acuerdo y se desató el alud humano de pronto, sin razones ni progresiones, y que fue tan fulminante como imprevisto, además de incontenible, que a todos les resultó tan imposible de explicarlo como de detenerlo para salvar la vida o quedar por lo menos algo ilesos.

A todo esto, al adulto Scabuzzo no le tiraron más ni un bocadillo, no figuró en ninguna de las listas y ni siquiera se supo si se despeinó, era calvo o se arrugó el traje porque en aquellos años a la cancha se iba de pilcha. Silencio de radio. Su protagonismo fue efímero, comenzando el movimiento de agacharse para rescatar a la criatura y chau, Figueroa Alcorta, su ruta. Ahora el protagonismo de Vicente Pintado, de 14 años, tiene ribetes que le dan razón de ser. Primero que nada la identidad social del chico les vino como anillo al dedo porque al revisarse los testimonios impresos sobrevivientes deja toda la sensación de casi haber sido el único muerto cuando cada víctima fatal tenía su historia, en tanto ser humano y su entorno, tan o más dramática. Pero el pibe empezó a acopiar lugares comunes que luego, casi dos décadas después, serán explotados por el folclore tétrico de la violencia futbolera. El primero, fundamental, era que se trataba de su debut en una tribuna como asistente a semejante espectáculo, y para colmo qué espectáculo, una Herradura en la que no cabía un alfiler, con los Millonarios y los Santos frente a frente y peleando la punta. Habitante de un pasaje de dos cuadras de casitas bajas por Villa Luro, entre la estación del todavía Ferrocarril Oeste y la Gaona, el padre era un lustrador de muebles que estaba inmovilizado por una cardiopatía en una época en que los derechos de los trabajadores justamente van a arrastrar a todos tras un nuevo líder, los familiares se la veían negras en ese momento para remar trámites y eximir de la colimba al mayor de los hermanos, porque su trabajo era el único ingreso, y el muerto se había conseguido un reparto de almacén para arrimar algunas chirolas a un presupuesto familiar donde de lo que más había era justamente todo lo que faltaba.

¿SOBRA GORDA O FALTA CORSET?

Bartolomé Macías o José Bartolomeo Macías, qué más da. Dos penales en el buche y un gol que...

SE DIRA QUE que no es muy literario ni paquete, lo cual es cierto. Que desde el punto de vista de la Teoría del Conocimiento es burdo y vulgar. Mucho más cierto. Pero históricamente no hay registrada una sola gorda que haya cabido adentro del corsé sin que se le salga por lo menos aunque sea un poquitín de un rollito y criminológicamente es tan infalible que hasta Sherlock Colmes se hizo famoso gracias a esto. Y es justamente este pragmatismo de entrecasa lo que lleva siempre a buscar lejos de los titulares estrepitosos, en los rincones más alejados y de tipografía más chica de las páginas, porque es por allí donde suelen aparecer las botellitas tiradas al mar por los contestatarios que no cejan en su esperanza y prédica. Lo que ocurrió es que a punto seguido de la cursilería y la infamia engañadora, sin ningún cuidado, la crónica muy burda y técnicamente mal hecha de Noticias Gráficas, uno de los rotativos al que le cupo en este caso un papel más bien para envolver de a media docena los huevos de gallina, no sólo lo hace tropezar al chico, rodar, el mayor que lo lleva y quiere inútilmente rescatarlo agachándose y manoteando, pero no se sabe más de él, sino que el adolescente ya cadáver queda en el suelo para siempre, obvio, caído, claro, por supuesto, pero “al pie de las barras tubulares que sirven para limitar la entrada de la gente”, textual, función que cumplen, primero que nada cuando el público entra, con perdón de la obviedad.

Pero el partido había terminado y si alguien que está leyendo y es memorioso empieza a sentir alguna molestia y cree que le están metiendo el dedo en la boca porque esto no es junio de 1968, en la Puerta 12, sino julio de 1944 en la ficticia Puerta 11 para ponerle un nombre a lo que no lo tiene, está en lo correcto: es el domingo 2 de julio de 1944, pero la Puerta 12 ya ha empezado a ocurrir con seis muertes en esos primerísimos minutos y tres más con el correr de los días inmediatamente siguientes, preludiando las otras 71 que vendrán venticuatro años después en un hecho que si no fue en el mismo lugar le pega en el poste, casi calcado en la mecánica y cuyas diferencias se verán enseguida. Para coronarse, encima, con las 194 de República Cromañón a fines del 2004, ya que estas tres catástrofes están vertebradas, entre otros motivos, por la inoperancia, corrupción, desidia y desconsideración oficiales hacia los ciudadanos, sin contar con el papel siempre estelar de la policía.

Creer o reventar: “La clausura de una de las salidas del estadio, sobre la avenida Presidente Figueroa Alcorta, provocó una impresionante avalancha de gente que descendía de las graderías con el lamentable resultado conocido”, consignaba el matutino El Mundo, de la Editorial Haynes, en su edición del lunes 3 de julio, esto es, a la madrugada siguiente de lo sucedido, pero en la PAGINA 28, y donde el resaltado no pertenece al original. (NOTA: Recurrir con especial atención a este diario fue expresa recomendación del historiador Pablo Ramírez, cuya trayectoria y conocimientos tienen un mentado reconocimiento. No tanto la generosidad y espíritu de colaboración, típico de la gente de talento, y más allá de su rigurosidad implacable con los datos, el conocimiento vivo de los hechos y las gentes. “Busquen en ese diario”, insistió cuando se le pidió un SOS telefónico. “Tenía un jefe de deportes que no se casaba con nadie.” Sin comentarios. Está a la vista)

La Razón del mismo día, pero a la tarde, con toda la tapa siempre dedicada al implacable avance aliado y el inminente desmoronamiento del IIIer Reich, la cabeza de la página 7 en su formato sábana no retaceaba en equívocos al titular a todo lo ancho:

LAS PASARELAS FUERON EL FILTRO TRAGICO

y enseguida, más abajo, con esa línea de diagramación de separar sólo con un apenas un guioncito a lo que venía más abajo, con tipografía más chica, a guisa de subtítulo, volanta o bajada, esto otro:

LAS VICTIMAS COINCIDEN EN SUS RELATOS EN LLAMAR

LA ATENCION SOBRE LAS BARANDAS Y LA PUERTA


En la misma página, en un recuadro muy chico donde la disposición gráfica suplía a lo catastrófico de las grandes tipografías y los cuerpos densos, el título era todo un editorial y clavaba la pica en Flandes:

¿ESTABAN CERRADAS LAS PUERTAS?

Los grandes interrogantes metafísicos siempre han sido sinónimos de no muy buen periodismo, pero a esta altura cabe preguntarse, más que seriamente, a qué llamaba accidente el cretinismo oficial encabezado por las autoridades de toda laya. Porque las famosas puertas rebatibles, igualito que si estuviéramos en 1968, estaban cerradas. No esa solamente, sino todas. Como era costumbre y queda documentado más adelante. A tal punto que en un cuerpo de crónica del mismo vespertino La Razón, al narrar de manera bastante confusa toda la confusión que había reinado para variar, lo cual no justifica el caos del discurso periodístico, se despacha en un momento con la desesperación de varios civiles y policías en terminar de desatrancar a las dichosas puertas, salidas de los carriles bajos, a nivel de vereda, y reventados arriba, en el carril superior, por el peso de la muchedumbre aplastada que había intentado pasar a pesar de todo, y así tratar de liberar a la mayor cantidad de gente posible y menguar las víctimas de todo tipo.

CON DIRIGENTES ASI...

A River lo hizo millonario y le construyó el Monumental sin ningún defecto. Le echaron del servicio diplomático de por vida por corrupto y lo único puro que había en el mundo eran los Partagás que chupeteaba día y noche. Fue uno de los popes de Fútbol Espectáculo SA en 1959. Repartidor de soda, naranjín y la Quilmes, gracias al fútbol consiguió el reparto total de la Coca-Cola. ¿Será por eso que ahora al estadio le quieren poner el nombre de la gaseosa?

LO DE ANTONIO Vespucio Liberti no entra en lo sibilino o pusilánime. Es directamente de otra galaxia, típico y soberbio de un dirigente del fútbol argentino de su catadura moral e intelectual:

-La responsabilidad le cabe enteramente al público, como lo dijimos en el comunicado oficial del club –le espetó al otro día a Crítica, los cadáveres aún en sus féretros y todavía faltando tres para completar el saldo final de nueve-. Una verdadera inconducta está guiando sus actos, tanto en las canchas de fútbol como en la calle, como en todos los lugares donde se producen aglomeraciones. Nuestro estadio, que ofrece las máximas comodidades y cuya descongestión ha sido estudiada en forma cuidadosa por los técnicos que lo construyeron, no podía ser jamás causante de semejante catástrofe a poco que el público actuara con la corrección debida. .


(Todavía faltaba una década para que a Liberti lo echaran de por vida de la diplomacia argentina por una metida de manos en la lata como cónsul en la Génova de sus ancestros, representando al primer peronismo, y que sucesor, el escribano William Kent, consuegro de Vicente Leónides Saadi, en la misma senda política y también diplomática -porque en la Segunda Década Infame lo licenciaron para siempre como embajador en los Países Bajos por algunas diferencias en la caja chica de la sede diplomática en Amsterdam-, recorriera hospitales con los heridos de la Puerta 12, permutando una firmita donde se desistía de toda acción legal contra el club a cambio del pago de todos los gastos, cuando volvieron a estar puestas las pasarelas a las que se llamaba molinetes y entrecerradas las puertas rebatibles, pero con el agregado que el 25 de junio de 1968 se tendría que haber llevado a cabo por fin la inspección municipal pedida en julio de 1944 para que controlaran si los planos aprobados en su momento como se aprueban esas cosas en la Argentina, tenían las bocas de acceso como Dios manda, no escaleras a 45º, recodos de 180º y una luminosidad, sobre todo en los atardeceres grises de invierno como cuando tuvieron a bien suceder las dos masacres sin una puta lamparita de 25 watts porque estaban todos quemadas o se las habían afanado ya en 1930, cuando lo inauguraron.)

A todo esto, no enterado de la psicosis o porque le importaba un comino todo, como buen milico, el teniente coronel a cargo de la intendencia le mandó una nota al presidente de la AFA que antes tuvo a bien repartir copia por los diarios porque el destinatario real era la gente para que creyera que tenía gobernantes sensibles que se preocupaban por ellos, no los paquidermos de Viamonte al 1300, y en donde en nombre de la ya manoseada “seguridad pública” procedía a dar algunos consejos que hasta en un seminario de opas lo hubieran abucheado: “Disponer que ya al promediar el segundo período de los partidos de fútbol las puertas de salida estén libres de todo impedimento. Cuando en las puertas existan dispositivos para ordenar la salida del público, adoptar las medidas que permitan desmontarlos, facilitando así la desocupación de las canchas.” Lo bueno del caso es que a semejante cantidad de pavadas, encima tardías, los compatriotas de entonces se podrían haber enterado que aunque nadie se hubiera dado cuenta existía una Inspección de Espectáculos tan inútil como el agua de los fideos o, con suerte, tan o más corrupta que el resto de los funcionarios públicos de cualquier área, porque quedó un misterio más para qué carajo servía, qué funciones cumplía, amén de tomar cafecitos con pocillo libre, leer los diarios temprano y cobrar el sueldo todos los meses, y por qué tardó venticuatro años hasta 1968 para tratar de inspeccionar las aberraciones arquitectónicas de nacimiento que tenía el famoso Monumental, pero no pudo porque estaba todo acordonado por lo sucedido dos días antes en la Puerta 12, por lo que no se hizo jamás, pero cuyo misterio se va a prolongar todavía hasta fines del 2004, por ahora, cuando las 194 víctimas de República Cromañón demuestren que jamás tendría que haber habido cuatro mil personas en un local supuestamente habilitado para menos de la mitad, jamás un recital lo que era para bailanta, y que revisado con un mínimo de rigor se hubiera concluido que tenía imposibilidades hasta para poner un puesto de venta de pororó.

Hasta Crítica, que estuvo por méritos propios entre la prensa más amanuense, el martes 4, día de los entierros donde se borró hasta el portero de la AFA, ni hablar del presidente de la llamada entidad madre y de los dos clubes en cuestión, tenía un inusual arresto de racionalidad para informar sobre lo sucedido: “Las barreras paralelas de hierro que forman los bretes de salida habrían sido uno de los más serios obstáculos para los primeros accidentados.” A continuación se manda una descripción topográfica que sin querer va a empezar a explicarlo todo si se arman bien las piezas del puzzle: “En los 19 escalones hasta el primer descanso y en los 19 siguientes hasta el descanso más amplio de la escalera de las tribunas populares emplazada sobre la avenida […] había unas quinientas personas, ocho o diez en cada escalón, y el tramo siguiente con 26 escalones hasta el balcón sobre la mencionada avenida, la aglomeración era impresionante.”

SALTA LA LIEBRE

A silencio de parte, relevo de pruebas. Acá está uno de los caracoles que de prepo los milicos del Proceso le plantificaron al Monumental para que la FIFA lo habilitara con vistas al Mundial 78 porque los accesos eran peor que los de un gallinero. Después de 40 años y 80 muertos era hora que los burócratas se dieran cuenta, ¿no?

ESTOS DATOS APARENTEMENTE fútiles van a entrar en combustión con otros que habían sido publicados dos días antes. La misma Crítica, pero del lunes 3, en el medio del desbarajuste del cuerpo de nota de la página 5, escupiendo contra el cielo o quizá deslizando el caballo de Troya, recoge el testimonio del agente Adolfo Oscar Acevedo, de 27 años, al que no le cabía una hematoma y era solamente uno de los policías heridos de los varios que hubo, al revés de la Puerta 12, donde no hubo ninguno. ¿A santo de qué uniformados con lesiones? ¿Por qué en el medio de la gente? ¿Qué estaban haciendo? ¿Eran también hinchas de San Lorenzo y no habían tenido tiempo de sacarse el uniforme?

El testimonio no tiene desperdicio y bien le podría servido de fuente de inspiración a Julio Cortázar para componer a su fotógrafo protagonista de Continuidad de los parques, cuando del papel emulsionado en la cubeta con ácido ve emerger paulatinamente la escena del crimen que no había visto por el objetivo cuando apretó el obturador. Es necesario aclarar que el cronista cree imprescindible dejar sentado que el grado de amoretonamiento del pobre es tal que “según los médicos que lo asisten presenta características que pueden ilustrar un nuevo tratado de patología.” Lo puesto en boca del aporreado, al que deberían dolerle hasta las cejas, está puesto en periodístico culto de la época y hay que bancárselo, además de traducirlo simultáneamente:

-El clamor de la multitud me indujo a intentar una intervención creyendo que se trataba de una de las habituales incidencias de las canchas de fútbol –dice el servidor público sin por supuesto aclarar qué es lo habitual porque el partido ha terminado, no hay hinchadas contrarias en el mismo lugar y por la precisa topografía descripta más arriba lo que viene ahora –pero publicada dos días después-, para alguno que aunque sea una vez haya estado en cualquier tribuna y lo que significa intentar subir cuando están bien llenitas, aunque la gente se mantenga quieta como en misa, es para que fracase hasta Spider Man o Batman-. Creí, en efecto, que algún hincha exaltado promovía el desorden, pero al avanzar en sentido contrario por la escalera de salida, la masa humana que rodaba por los peldaños me arrastró con fuerza indescriptible.

Como es obvio, aquí el resaltado no es del original. Pero la “masa humana que rodaba” no estaba al comienzo sino que apareció después porque intentar semejante proeza no es un llamado del sentido del deber sino una tarzanada imposible de realizar. Ningún ser humano, salvo con las facultades mentales alteradas al narrar, puede “avanzar en sentido contrario” de semejante maraña, para colmo con varias toneladas de peso aumentadas por la velocidad del descenso.

Encima de golpeado no se le puede atribuir al más pisoteado que vino patero el engolamiento y la notoria falta de luces del cronista. Jamás pudo haber dicho eso textualmente, salvo que tuviera más hematomas en las circunvalaciones cerebrales que las “anchas contusiones moradas” que le condecoraban el pecho. Ahora el que estaba sí afectado era el hombre del lápiz y la libretita, sin duda. No se puede concebir, con la sola distancia de espacio/tiempo de un punto seguido que alguien pase de ser inducido por el clamor de una multitud a creer, para colmo en efecto, que es un loquito suelto haciendo quilombo y encima se mande para arriba a todo galope, siguiendo a su infalible instinto, sentido del deber y adiestramiento, lo más campante, cuando lo que viene bajando es lo más parecido a un dique roto en una película de terror en los estudios de la Paramount.
NO SE NECESITA ser un sabueso para darse cuenta que la densidad de gente, cuando Acevedo advierte que más arriba se está armando la gorda e inicia el intento de escalada, era la normal. Más: menos que la normal. Y que sus condiciones y vocación de policía no se equivocaron con que más arriba había un quilombo de órdago y que su deber estaba en tratar de correr en apoyo y auxilio de sus camaradas. Sólo que al dar vuelta el primer codo, allá arriba el revoltijo fue tal que salió la estampida hacia abajo para tratar de salvar el lomo de los garrotazos primero y después el pellejo, a tal punto que se lo llevaron puesto como mascarón de proa. Al llegar el alud humano al nivel inferior fue que se encontraron con la buena nueva de la puerta cerrada y los bretes puestos.

¡Bingo!

POR QUE LA MASACRE NO FUE MAYOR

Falta poco para la inauguración de 1935. Terrenos rellenos con basura. Créditos oficiales muy blandos. Y antes de festejar la primera década, la primer masacre. Ahí están todos para la foto y la historia.

PERO FALTA ALGO, además de Bartolomé Macías: tanto La Razón como Noticias Gráficas se desgañitan, esta última con una prosa deplorable, que cuando los gritos, ayes y voces de alarmas empiezan a crecer y dar cuenta de la catástrofe que ha comenzado, policías que estaban entre el público y no habían resultado heridos, más colimbas que en aquella época iban en cardumen porque eran provincianos sin un peso para tratar de hacer algo los fines de semana de franco y los dejaban entrar gratis, como también aficionados comunes, se enlazan y la versión cuasi oficial difundida es que hacen una barrera, un dique contenedor para que allá abajo no aumente la cantidad de víctimas, motivo por el cual hubo solamente 9 y no 71, como en la Puerta 12, donde tal contención no sólo no existió sino que el destacamento de la barra brava de Boulogne hizo de pistón en medio de la humareda por las hojas de diario encendidos para tratar de hacer algo de luz en medio de tanta oscuridad, logrando el efecto reversa y adelantando el croquis de lo que iba a ser Cromañón.

Tratándose de lo que se trata, es más que una probabilidad que la primer garroteada haya sido con orientación barranca abajo y la segunda para detenerlos y mandarlos otra vez para arriba. A todo esto, cuando está dando comienzo una masacre, los diarios de la tarde estaban conectados por teléfono con sus hombres en la cancha respectiva y en la redacción, con el eterno pucho ladeado, con la oreja derecha apretando el auricular contra el hombre respectivo, el escribidor de turno metía las grageas que iban dando forma lo mejor posible a una crónica lo menos cualunque posible. Esto fue lo que alcanzó a meter La Razón agónicamente, con un jefe de redacción célebre como periodista y célebre por lo fanático furibundo de River, como cierre de un recuadro con lo último de lo último: “Bartolomé Macías olvidó un poco el área penal y no siempre impuso su reconocida autoridad.” La cruda verdad fue que la única área penal que se olvidó el célebre soplapitos fue la de River. Porque no había terminado de dar los tres pitazos finales que los de San Lorenzo se le fueron al humo y no para felicitarlo. Se lo quisieron comer crudo. El que pudo tener sentimientos más bondadosos consideraba que los había afanado de la manera más inescrupulosa. La jugada que terminó con el gol de Adolfo Pedernera, que fue el del triunfo, entra en el drama filosófico que señaló un académico francés al visitarnos más de medio siglo después (NOTA: Bromberger, Christian. Significación de la pasión popular por los clubes de fútbol. Libros del Rojas. Deporte y Sociedad. Buenos Aires, noviembre del 2001, 57 págs.), pero fue lo de menos porque hasta la misma Noticias Gráficas, que se mostró mansita y comer de la mano a la hora de aguachar el homicidio múltiple como accidente entre imbéciles desatados por una locura caballar, en la edición del día siguiente, con el título general de

LUTO SOBRE LA EMOCION DEL CLASICO

Comenta Enzo Ardigó

tiene un remate del más neto cuño futbolero, de la mejor alcurnia de tratar a la pelota como si fuera una dama, más de un hombre que se adelantó a la época porque también fue cronista de espectáculos y crítico de cine: “Y llegóse así al triunfo del local, limpio y merecido. Lo que no obsta para que digamos que en la perfección de los guarismos que lo acreditaron, gravitó asimismo la inexplicable reticencia de Macías para cobrar dentro del área de River penales que todos vimos menos él…”

¡Tomá mate! Dos fueron los que se deglutió, si se quiere exactitud. Grandes como ranchos y hasta con campanitas. Es imposible la ubicuidad en la grafía para narrar los hechos, por eso hay que hacer altos y jerarquizar, reordenar de otro modo y ya se va a volver a la relación arbitraje de Macías-masacre. Primero lo que dijo el cotidiano católico El Pueblo, que no salía los lunes, el mismo martes 4 de julio, dedicó su contratapa habitualmente dedicada al deporte con lo que sigue, bajo el título EL FUTBOL DEL DOMINGO: “Es lamentable e inexcusable en los actuales momentos la postergación de árbitros muy señalados, que por dignidad deportiva muy poco frecuente en el ambiente han denunciado, ante la ingrata evidencia de ser suplencia por elementos noveles sin gran noción del reglamento y de discutida y manoseada autoridad, que traerán (y ojala nos engañemos), con sus desaciertos, horas sombrías para el fútbol porteño. El sistema del sorteo, si bien ha conformado a los suspicaces y malintencionados, no vemos en la presente qué beneficios ha reportado a la práctica del deporte, ya que los malos arbitrajes están como siempre a la orden del día.”

Todavía un parrafito más del epitafio por elevación:

“El mal que aqueja a nuestro popular deporte, a juzgar por lo demostrado, no estriba tanto en la parcialidad de los jueces, como en la evidente falta de competencia de los mismos.”

Se venía, se venía…

META PALO Y A LA BOLSA



Cinco santos, pero no tanto: Imbelloni, Farro, Pontoni, Martino y Silva. ¡Basta!

SE PUEDE ARGUMENTAR con toda razón que salvo una relación directa espacio/tiempo no hay causales para el objetado arbitraje haya desencadenado lo que desencadenó. Esto tomando en cuenta que salvo excepciones muy lustrosas, como son los servicios de inteligencia de todo tipo y algún jubilado ricachón, nadie lee toda la prensa del día y además lo contingente, la urgencia del suceso, no permite la decantación. Ahora, con el tiempo transcurrido, si se toma a La Nación primero y La Razón después, ésta con mayor énfasis y detalles, tomando en cuenta la media lengua vigente con esa dictadura militar, aparece que sin ningún destacado de tipografía, subrayados itálicos, negritas o lo que sea, metidos como al tuntún en medio de cuerpos de nota narrativamente bastante caóticos y desprolijos, no hubieran hecho saber sin comentarios de ninguna especie: en la escalera donde se armó el desbarranque, más precisamente en la explanada, había una puertita que daba a un pasillo que comunicaba por los interiores del estadio directamente a los vestuarios de los jugadores y al del árbitro y sus líneas. Sin mayores miramientos ni pedir permiso ni audiencia por allí se mandó un grueso contingente de cuervos se supone que enardecidos, no para hacer visitas de cortesía, que ninguna de las publicaciones especificó la cantidad. La Nación, y en su edición del día siguiente del hecho, pero en el pase a interior que hizo a la página 12, como un huérfano perdido por la mitad de la página, sí se encargó de consignar que se estacionaron frente al vestuario de Macías y todo hace suponer que no llegaron ni fueron con la intención de pedirle autógrafos. Con los datos concretos así desperdigados, persiste como un moscardón el curioso y afiatado unísono de toda la prensa que la catarata humana se desbarrancó de pronto, achacándole, como vimos, al pobre chico Pintado la culpa de hacer de tapón, encima de lo poco y para nada bien que había vivido, pero esto está allá abajo, al nivel de calle y ahí arriba nadies, curiosamente, se preocupó de especificar en concreto, cuál fue el gatillo, qué hizo de detonante dejando la lamentable y cómplice psicosis de prisa de Botana & Co.. Por lo que se puede alcanzar a colegir es el descubrimiento repentino de la puerta y el pasadizo hacia lo deseado y prohibido, casual o ya conocido por los hinchas viejos, fue la causal de lo que desató la furia policial y la desbandada masiva surge como mucho más racional y probable que todos los sandeces sentimentaloides y distractivos con que se llenaron páginas, más todas las asquerosidades juntas que se dijeron, empezando por los dirigentes y funcionarios de todo calibre.

No hay una sola línea, una sola letra, salvo lo ya apuntado de La Nación, de una manera no curiosa por tratarse del diario que se trata y la política que siempre mantuvo. La estructura clásica del periodismo alemán tamaño sábana, con cortes de las notas principales y pases a páginas interiores, hizo que la mención citada, del mismo lunes 3 de julio, fuera de la nota principal de tapa, y apareciera continuando recién en la página 12, 4ª columna, como ya se dijo antes, perdida en el fárrago de datos y encima atribuida a un testigo que más que curiosamente no se identifica, un recurso típico y manido en la profesión para hablar desde el diario por boca de otros y se viene la tormenta de la represalia y la represión argumentar el apuro, los dislates en la transcripción, que eran pichoncitos de reporteros y que todavía no manejaban bien la taquigrafía porque no había grabadores:

-Una parte del público en el sitio donde yo estaba –dice el gentil y parlanchín NN que aparece de pronto y sin que nadie lo haya invitado- hacía algunas apreciaciones agudas contra el juez que dirigió el encuentro. Al final del pasillo por donde salía la gente existe una puerta que conduce a los vestuarios de los jugadores y del ya mencionado juez.

Obvio, el resalto no es del original y el anónimo aportador de datos continuó, total era gratis:

-Un grupo numeroso de personas –añadió- se colocó frente al camino que conduce a los vestuarios clamando contra el árbitro. Entretanto, otras iban bajando presurosamente en busca de la vía pública. En eso, todo aquel grupo se volcó también hacia la escalinata y transformado todo en verdadera avalancha.

Repitamos: “En eso, todo aquel grupo se volcó también hacia la escalinata y transformado todo en verdadera avalancha...” No aclarar que oscurece. Sobre todo cuando entre la tribuna Centenario y los vestuarios, que están a nivel de calle, hay mucho más que un piso de diferencia, y de la tremolina que se pudo haber armado en vestuarios y alrededores no pudo haber muerto nadie porque la masacre fue contra la puerta cerrada y los bretes. Pero siempre todo tiene que ser súbito, misterioso, inexplicable, irracional, neblinoso, producto de fuerzas ingobernables.

LOS VIGIL[ANTES] SIEMPRE ESTUVIERON Y ESTAN

General correntino Juan Filomeno Velazco, del GOU, jefe de la Policía Federal en julio de 1944, en octubre del año siguiente y en 1946 cuando en los sótanos del Departamento Central lo torturaron a Atahualpa Yupanqui.

A TODO ESTO, en un mar de citas, puede que para alguno no haya pasado desapercibido que brilla por su ausencia nada menos que El Gráfico de la familia Vigil, por aquel entonces bibliografía de cabecera de cuanto futbolero culto se preciara de tal. No, no ha habido olvido alguno ni traspapelamiento. Ocurría que tecnológicamente eran épocas de linotipo, de composición en caliente, como se decía, y salía los viernes.

Tuvo todo el tiempo del mundo para leerse todos los diarios y hacer todas las consultas pertinentes.

La edición llevó el Nº 1304 y no decía ni mu de lo sucedido. Tal vez porque ya habían pasado muchos días y muertos que no están frescos no son noticias. La tapa estaba dedicada a Rubén Bravo, un atildado y efectivo Nº 9 que no tardaría en ser vendido al Racing Club del triple campeonato, y al arquero Héctor Ricardo, ambos todavía en Rosario Central, quien también pasaría a huestes capitalinas, como arquero de Huracán, y cuya característica exótica para la época era ser el único que atajaba sin aquellas rodilleras con gruesos bastones de fieltros para protegerse en los porrazos de peladuras y raspones. En la página 3 aparecía toda una foto con bochófilos, uno de los deportes en boga de la época, y recién en la 8, con el título a dos columnas

RIVER SE AFIRMA EN LA VANGUARDIA

y una bajada en cuerpo mucho más chico, apenas si un punto más que el texto común, recién se enteraba de algo:

Un trágico accidente hizo olvidar el partido

Menos mal. Peor es nada.

Lo que viene después es de acuerdo a la escala moral de cada uno. Si no se entiende que el fútbol es fútbol y todo lo demás importa un carajo, es posible que se llegue a sentir hasta cierta repulsa. Ahora, desde el punto de vista testimonial, socioantropológico, como muestrario de los valores vigentes, es una joya invalorable. El autor, para colmo, una de las glorias, uno de los intocables del periodismo deportivo de la época: nada menos que Félix Daniel Frascara, (a) Frascarita.

Luego de afinar bien la bordona, comienza así su cuerpo de nota, escindiendo, viviseccionando dos mundos inconexos si no fuera por la pavada de una bandera en común y la correlación de las coordenadas espacio/tiempo: “Escribir sobre el partido... ¿Pero es que se puede escribir sobre el partido? ¿Alguien habrá quedado con ánimo para hablar de fútbol? La tragedia existió, fue real, costó varias vidas. Ya lo sabrán nuestros lectores: a la salida, en una de las escalinatas que llevan de la tribuna al exterior, se produjo una avalancha, rodaron algunos, quedaron otros apretados.” Semejante contundencia, lo taxativo de las afirmaciones, más la envergadura de un hombre como Frascara, a cualquiera le hubiera hecho pensar bueno, chau, este es el punto final, tiene razón, ya había ocho muertos, faltaba apenas uno para completar la que sería nómina total, pero no: punto y aparte y adelante con los faroles, cuatro páginas bien suculentas con el partido olvidado por el trágico accidente del titular apenas una línea antes en la diagramación, con detalles sutiles hasta en qué minuto del primer tiempo se le desató el botín izquierdo a Pedernera. ¿Penales no cobrados? ¿Posiciones dudosas en el gol del triunfo?

Esta intromisión en el mundo del fútbol es donde pitan los árbitros motivos de este trabajo, de ahí tratar de rastrear por qué los putean al dejar entrar a la realidad, incluso por qué los quieren matar sin asco, como va a suceder en febrero de 1972, en La Carlota, Córdoba, y qué es lo que dice El Gráfico que hay que decir para mantener tranquila a la feligresía manteniendo incólumes los dogmas establecidos y compartidos: nada más que unas veinte líneas en el editorial y chau. Lo importante y digno de mención sucede sólo en Buenos Aires; el resto es el fondo del terreno y el gallinero.

A PASO VIVO HACIA EL OLVIDO

La Máquina en pleno. Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau.


LOS MUERTOS SE enfrían rápido, pero la AFA lo ha demostrado sobradamente que los olvida bastante antes y que le importa un pomo de todo. Lo suyo es organizar partidos de fútbol que dejen el mayor volumen de ganancias netas y punto. Ahora con la misma falta de entusiasmo que los encargados de investigar realmente qué había pasado y si el famoso Monumental no era un mamarracho en cuanto a bocas de acceso, como lo demostró la fáctica practicidad del Proceso cuando le mandó a hacer los caracoles que luce ahora adosados para que la FIFA se lo autorizara como el estadio principal del Mundial 78, el despelote interno se encaramó en los penales no cobrados por Macías primero porque el miércoles 6 San Lorenzo se iba a la carga institucional con una nota al Tribunal de Penas quejándose por lo que había estado a la vista de todos. Pero ya antes, el martes 4, cuando estaban enterrando a la primera media docena de víctimas, Noticias Gráficas se tiraba a la pileta de las primicias con la inminente renuncia de Bartolomé Macías una vez que volviera de regreso de la gira que iba a hacer por Mendoza y San Juan acompañando a Boca Juniors. Pero aparte de accidentes para uso oficial y exclusivo, la Argentina es un país donde no se renuncia ni al tute, así que al día siguiente el mismo diario anunciaba que como al que estaba en el banquillo no le habían dado la licencia que había solicitado más que urgente hasta el 31 de ese mes, su reemplazante iba a ser nada menos que Osvaldo Cossio, (a) El Ñato, justamente discípulo predilecto de la figura patriarcal y alguien que también va a marchar detrás de Macías no justamente en el terreno de los recuerdos gratos, como cuando casi lo ahorcan en el Parque Independencia en el atardecer del 27 de octubre de 1946.

A la semana siguiente de la virtual Puerta 11, ya cumplimentada las galas militares con el desfile del 9 de julio y los muertos más que enterrados, el Tribunal de Penas presidido por un general Avalos que no va a tener nada que ver con el 17 de octubre lo citó a Bartolomé Macías y era evidente que Noticias Gráficas no lo quería porque otra vez se tiró a la pileta de las primicias anunciando que se le venía una sanción, pero a la que no le pensaba dar bola porque iba a insistir en el pedido de licencia e irse a dirigir a algún lugar del extranjero, de donde había recibido “una ventajosa oferta”.

El Tribunal de Penas tan marcialmente presidido no tenía en carpeta solamente los penales que no había visto Macías y el gol objetado de Pedernera. Estaban acumuladas las quejas de todos los calibres, de muchos clubes y contra árbitros varios. Además, a pesar de que todavía no existía la Asociación Argentina de Arbitros que fue fundada recién el 4 de junio de 1965, en pleno Fútbol Espectáculo SA, también los de negro presentaron una nota de queja por la designación de veedores que a criterio de ellos no sabían ni que la pelota era redonda y les pegaban tales fierrazos en los informes que daba como resultado que el remedio fuera peor que la enfermedad. Una cosa rara, más tratándose de un país como la Argentina, que todos estuvieran disconformes con todo y con todos, ¿no?

Por fin, el viernes 14, haciendo gala de que los salomónicos empates son la característica relevante en los países condenados al éxito, el viernes 14 el Tribunal de Penas le aplicó 50 pesos de multa a Bartolomé Macías por los desbarajustes sobre el césped del River-San Lorenzo del domingo 2, nada que ver con el accidente de los corridos y apaleados que se vinieron en banda por instalaciones impecables, hechas por profesionales intachables y controladas por funcionarios más probos todavía, y dieron de hocico contra las puertas cerradas y los bretes puestos, como también al dar por fin lugar a la licencia solicitada, no lo incluyó en la lista de sorteos para dirigir el domingo 16.

Un mes después la mar de fondo seguía. El 8 de agosto de 1944, cuando Crítica, en su columna El sport de cada día, firmada por un tal Campagnale (¿Edmundo? ¿El fundador de La Oral Deportiva?), ya de arranque anunciaba que Fueron declarados por la AFA en comisión todos los referees y en la primer pastilla la calificaba de “resolución de importancia […] en lo que tiene atingencia al problema referil”.

Eso sí, también dejaba constancia que el representante del River Plate de Antonio Vespucio Liberti, los accidentes producto de una fatalidad artera, la inconducta pública de la chusma y las puertas cerradas y los bretes puestos, como no podía ser de otra manera, había votado en contra.

Como cierre, la nómina completa de los que fueron para no volver, absolutamente contra su voluntad:

· PINTADO, Vicente (14). El de menor edad, era la primera vez que iba a la cancha y la versión oficial le concedió en forma unánime el honor de haber sido el involuntario causante del tapón mortal;

· DEL PRADO, José Alfredo (26). Fue el último en fallecer, casi diez días después del hecho, en el Hospital Fernández, a consecuencias del hígado reventado contra uno de los pasamanos. El domingo del partido llevaba veinte días de casado;

· DE LUCA, Rafael (23). Llevaba seis días de casado;

· DIAZ, José Ramón (34). El de mayor edad;

· ENRIQUE, Francisco (15);

· FAU, Francisco Enrique (15). Era la primera vez que iba a una cancha y el mejor promedio del colegio;

· LATRECHI, Carlos (17). Vecino, dos casas de por medio, de Vicente Pintado, pero habían ido cada uno por su lado;

· MARTINEZ, Alberto (17). Falleció al día siguiente en el Hospital Militar Central y fue el más difícil de identificar por su coma profundo, del cual salió apenas unos minutos y los médicos creyeron entender que se apedillaba Gerione, tal como figuró en algunos primeros listados, y que vivía en Martínez. Su padre, que andaba de recorrida los hospitales, lo encontró y reconoció ya cadáver, aclarando tanto la identidad como que efectivamente vivían en la localidad de Martínez;

· RATTI, Alberto (22). Conscripto de la Marina de Guerra, destinado a la Dársena Norte, le faltaban menos de seis meses para cumplir los dos años del servicio militar obligatorio, era oriundo de Santiago del Estero y arma le pagó el viaje al pago natal en un vagón de carga del servicio ferroviario.

Promedio general de edad: 18 años 2 meses.

S.E. u O.

Santa María del Buen Ayre, diciembre 8 del 2006.

12.07.2006

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